Aprender Sin Escuela Recursos mundiales para la "desescolarización voluntaria" o "educación en casa" 02.11.16
 

Reproducimos a continuación un reportaje de El País que apareció en 1991. Creo que ya tiene un interés “histórico”, y que sigue siendo una buena introducción al tema.

 

Karen, la niña hispano-irlandesa del artículo, ya se ha graduado de la Trinity College, Dublín (“college” aquí quiere decir universidad), después de haber entrado directamente en un Instituto español a los 13 ó 14 años (en otro momento explicaré cómo se logró que entrara en el Instituto sin haber pasado por el colegio). Ya he perdido la pista de “Ana y Francisco”, aunque creo recordar que un par de años después de la publicación de este artículo, sus hijas eligieron asistir al colegio.  

 

He añadido algunas correcciones y comentarios al artículo, entre paréntesis.

 

 - Elsa Haas   

 

Objetores del ‘cole’

El País, 28 de mayo de 1991 (primer plano, Educación)

César Díaz  

“Mis amigos dicen que tengo mucha suerte”, opina Karen, una niña hispano-irlandesa de 12 años residente en Pontevedra. Nunca ha ido a la escuela por decisión de sus padres, ambos psicoterapeutas. Que objetan el sistema escolar.

En España, es uno de los pocos casos conocidos, pero en EE UU formaría parte de una creciente y significativa minoría de 300.000 menores, según estimaciones gubernamentales citadas por The New York Times el pasado mes de noviembre, cifra que no incluye los casos de desescolarización por motivos socioeconómicos o geográficos.

[Nota de Elsa Haas: una estimación gubernamental más reciente, que se refiere al curso 1995-1996, es de 700.000 menores entre las edades de 5 y 17 años. Sin embargo, tanto esta cifra como la de 1990 sí que incluyen los casos motivados por factores “geográficos”. Los niños que estudian en casa puramente por razón de vivir, por ejemplo, en una zona muy poco poblada de Alaska, no fácilmente se pueden  distinguir de los otros. Por otro lado es verdad que las estimaciones no incluyen los casos motivados por factores “socioeconómicos”. Los distintos Estados no contabilizarían dentro de la categoría de “educados en casa”  los menores cuyos padres simplemente no se ocupen de su educación por dejadez, pobreza, drogadicción, etcétera.]

Esta opción, calificada de “creciente” por el citado diario, está también representada por movimientos más débiles en otros países como Francia, Australia, Canadá y Reino Unido.

En estos movimientos participan familias con ideologías y motivos muy distintos, desde miembros de comunidades religiosas a personas que simplemente desconfían de la escuela como medio ideal para el desarrollo personal e intelectual de sus hijos.

Su apuesta por la desescolarización enfrenta problemas legales y sociológicos de gran envergadura, tales como si tiene el Estado derecho a imponer la escolarización en contra de la voluntad de los padres.

Contradicciones del sistema

Asimismo, su desarrollo y la evaluación de sus resultados revelan las propias contradicciones del sistema escolar obligatorio, una institución con apenas un siglo de existencia. Su desafío deja en evidencia no sólo problemas como el fracaso escolar o los suicidios, sino también el tipo de persona que se construye a través de él, e incluso su eficacia como medio para el aprendizaje.

“La libertad de pensamiento debe incluir la libertad de aprendizaje”, opina Elsa Haas, norteamericana residente en España, miembro de una de las agrupaciones más importantes que impulsan este movimiento: Growing Without Schooling, fundado por John Holt, y que en España se difunde bajo el nombre de Aprender Sin Escuela.

Holt, autor de varios libros sobre el tema –uno de ellos publicados en España-, era un profesor que, desengañado del sistema escolar, decidió impulsar una organización que sirviese de apoyo y estímulo a los padres que decidiesen optar por el aprendizaje en casa.

Su motivación puede quedar definida por una cita de Albert Einstein que encabeza uno de sus libros (Enséñate a ti mismo) [Nota de Elsa Haas: la traducción correcta del  título de este libro de John Holt, Teach Your Own, sería Enseña a los tuyos]: “Es casi un milagro que los modernos métodos de instrucción no hayan estrangulado totalmente la curiosidad de averiguar. (...) Es un grave error pensar que el placer de observar e investigar pueda ser promovido por medio de la coerción o el sentido del deber”.

Holt llegó a la conclusión, a principios de los setenta, de que los movimientos para reformar la escuela eran una “ilusión”, porque muy pocos padres y profesores estaban dispuestos a aceptar los desafíos que implicaba. “La gente insiste en que las escuelas sean duras y crueles con sus hijos, porque es como creen que el mundo funciona realmente”.

Los padres de Karen, Juan y Helen, piensan que la escuela tiene una actitud equivocada hacia la infancia, y que su sistema coercitivo no favorece la maduración. Aunque no han tenido problemas con las autoridades educativas, prefieren quedar en el anonimato, por si acaso.

“Sabemos que no es una opción que pueda seguir todo el mundo. En nuestro caso es fácil, porque trabajamos en casa. También sabemos que hay situaciones familiares en las que es mejor que los hijos vayan al colegio”.

Más madura      

“Si Karen quisiera ir, podría hacerlo. Quizá vaya a un instituto si lo desea. La vemos muy bien, más madura que los niños de su edad, pero sin dejar de ser una niña. Lee mucho. Estamos seguros de que no tendrá problemas para superar un examen de graduado escolar”.

La propia Karen se manifiesta contenta de lo que hace. Está leyendo uno de los libros de Guillermo Brown, pero ha leído muchos otros autores, entre ellos Balzac, y El Quijote, que le leyó su padre. Va a clases de ballet, pintura y equitación. Aunque tiene un plan de trabajo, se organiza su tiempo por si misma. Le gusta escribir, jugar y cuidar a sus animales. Parece una persona muy despierta y feliz.

“Ha sido maravilloso ver a nuestros hijos crecer, aprender y madurar sin programas, sin horarios artificiales y sin comparaciones con lo que se considera normal”, señala Theo Giesy en uno de los boletines que edita desde 1977 la citada organización estadounidense. Giesy es madre de tres hijos a los que decidió sacar de la escuela “porque no eran felices”.

“No puedo evitar estar de acuerdo con Krishnamurti cuando dice: ‘Lo que ahora llamamos educación es acumular información a través de los libros, algo que puede hacer cualquiera que sepa leer”, escribe en el citado boletín Penny Barker. Su hija Britt encontró trabajo en un observatorio de aves de California, justo lo que quería hacer, tras crecer sin ir al colegio.

“Britt me pregunta: ¿por qué la vida es tan maravillosa para mí?” añade Penny Barker. “Mi respuesta es que Britt tiene un criterio abierto. No se ha limitado a pensar de forma competitiva ni a trabajar en una materia concreta”.

Educadores y observadores de este movimiento plantean dos objeciones fundamentales. Una, de la que se habla en otro apartado de este reportaje, indica que padres bienintencionados pero mal preparados dañarían irremediablemente la formación de sus hijos. La otra se refiere al aislamiento de los niños, lo que dañaría el desarrollo de sus habilidades sociales, una de las principales justificaciones del sistema escolar obligatorio.

“En la escuela, los niños están la mayor parte del tiempo sentados en sus pupitres, y los profesores están frecuentemente diciéndoles que se callen”, responde la citada Elsa Haas.

Las relaciones pueden establecerse de muchas otras formas, opinan los mentores de este movimiento, que promueve, por ejemplo, el aprendizaje de profesiones que les atraiga mediante periodos de prácticas voluntarias, o asistir a clases que les interesen. Asimismo, opinan que los colegios deberían dar la opción de asistir sólo a las lecciones que eligieran los niños.

Ana y Francisco son una pareja bilbaína, con dos niñas de cinco y siete años de edad, residentes en un pequeño pueblo del norte de Burgos, y que por las mismas razones que los padres de Karen prefieren mantener el anonimato. Enviaron a su hija mayor a la escuela cuando tenía cuatro años, pero “no tardamos en darnos cuenta del error: la niña sufría mucho”. “En casa hacemos muchas más actividades que en la escuela, y aprenden a  la vez que se divierten”.

Aprender a amar

Los otros pocos niños del pueblo van al colegio en autobús. “Cuando vuelven, a las seis de la tarde, vienen a jugar con nuestras hijas”. Les enseñan ayudados de materiales escolares propios de su edad, pero sobre todo con sus propias actividades. “Más que llenarles la cabeza de conocimientos, queremos que aprenden a respetar a las personas y a la naturaleza, que aprendan a amar. De todas formas, saben que cuando quieran ir al colegio pueden hacerlo”.

Más aún, muchos de los practicantes de esta opción se oponen precisamente al tipo de socialización que fomentan las escuelas. “No es sólo que no vaya al colegio, sino que es parte de una actitud hacia la infancia basada en la libertad, que está en gran medida ausente en la cultura escolar”, señalan los padres de Karen.

“Los padres que enseñan en casa no deben preocuparse por la relación social de sus hijos, porque el verdadero trato social se produce principalmente en la vida cotidiana”, escribe Tamara Klinger en un boletín editado por una organización canadiense de aprendizaje en casa.

“El no ir a la escuela”, añade Tamara, “me ha salvado de formar parte del rebaño conformista que compone la gran parte de la población. En la escuela le obligan a uno a pensar, actuar, parecer y aprender de una manera idéntica a la de todos los demás. Educada fuera de esa influencia, aprendí a ser creativa y a pensar por mi misma”.

Sin embargo, no dejan de darse casos de aislamiento e incluso de rechazo del entorno social, especialmente en zonas rurales poco pobladas. En ninguno de los dos casos entrevistados en España tienen este tipo de problemas, más allá del asombro de sus vecinos. A Karen, por ejemplo, sus amigos la someten a veces a preguntas porque no se creen que esté aprendiendo realmente.

Es cosa suya

Para las personas que abogan por esta alternativa, la escuela combina una serie de factores de los cuales quieren proteger a sus hijos. “Estos padres”, escribió John Holt, principal teorizador de este movimiento, “sienten profundamente que criar y educar a sus hijos es cosa suya, y no del Gobierno”.

“Disfrutan estando con sus hijos, observándolos y ayudándolos a aprender, y quieren evitar que sus hijos sean heridos mental, física y espiritualmente”, añade Holt. “No están interesados en suprimir los colegios completamente, ni en negar escuelas a quienes quizá les gusten o las necesiten. Pero, para ellos y para sus hijos, exigen otra alternativa”.

A Harvard directamente

Uno de los grandes interrogantes ante la alternativa del aprendizaje en casa se centra en el desarrollo intelectual de los niños. Sus promotores consideran que se puede aprender lo mismo o más que asistiendo a la escuela, y que, de hecho, en los colegios se desperdicia mucho tiempo.

Tienen varios ejemplos que ilustran su afirmación. Uno de ellos es el de tres de los cuatro hijos de una familia californiana que fueron admitidos en la Universidad de Harvard sin haber pasado antes por una institución escolar. El cuarto no tiene aún la edad. Dos de ellos son adoptados. Viven en una granja.

Su caso ha llamado la atención de los medios de comunicación norteamericanos. El mayor, Grant Colfax, que también había sido aceptado en Yale, obtuvo una puntuación de 600 sobre un total de 800 al realizar la prueba de aptitud, y posteriormente obtuvo el cum laude al graduarse en 1987.

“El joven me ha impresionado por lo mucho que disfruta aprendiendo. Fue muy reconfortante”, señaló el encargado del departamento de admisión de Harvard a la agencia Associated Press.

El último número del boletín de la organización Growing Without Schooling recoge una carta dirigida por George A. Schiller, encargado de admisiones en la Universidad de Boston, en la que da la bienvenida a las solicitudes de estudiantes educados en casa. “Pensamos que los estudiantes educados en casa poseen la pasión por el conocimiento, la independencia y la autoestima que les hacen capaces de superar nuestro intelectualmente desafiante programa de estudios”.

La transición

“Dos estudiantes educados en casa estudian actualmente en la Universidad de Boston”, continúa Schiller. “Ambos los están haciendo muy bien. La transición personal y educativa de las casas escuela a la universidad se ha mostrado exitosa”.

Sin embargo, los impulsores de este movimiento opinan que no se puede medir su validez por el éxito académico o profesional de las personas que crecen así. No tratan de establecer una competencia, y consideran que padres sin una preparación académica pueden ayudar también a sus hijos a que aprendan.

Pero es precisamente este punto, el peligro de que padres con buenas intenciones pero mal preparados dañen el progreso intelectual de sus hijos, uno de los más criticados.

“Resulta sospechoso que se preocupen tanto por el rendimiento de los niños educados en casa cuando el sistema escolar tiene unos índices tan altos de fracaso en todas partes”, señala la citada Elsa Haas.

En sus archivos tienen numerosas historias sobre personas que han desarrollado capacidades profesionales sin acudir a un centro escolar, o de cómo enfocar procesos de aprendizaje básicos como la lectura. Siempre rige la idea de que aprendan cuando se interesen por hacerlo, no por obligación.

¿Derecho o deber?

La objeción a la escuela plantea problemas legales de difícil resolución, que en Estados Unidos han ocupado varias veces los tribunales. El dilema estriba en si la educación obligatoria es un derecho o un deber que obligaría a los padres a escolarizar a sus hijos en contra de su voluntad.

Education Otherwise (educación de otra forma) es el nombre del movimiento que aglutina en el Reino Unido a los objetores escolares, y que lleva implícita en su nombre su respuesta legal: la educación es un deber que los padres pueden encauzar por medios distintos al sistema escolar.

En Estados Unidos, todos los Estados permiten la educación en casa, aunque algunos la regulan de forma más estricta que otros. En otros países, como Alemania, la legislación es muy severa con los padres objetores.

En España no ha llegado a plantearse un conflicto legal de este tipo. En los dos casos entrevistados, las autoridades se han inhibido, por lo que nunca han sido molestados. Un portavoz del Ministerio de Educación indica, sin embargo, que el derecho a la educación, recogido en el artículo 27 de la Constitución, se interpreta como un deber.

El artículo 154 del Código Civil establece, según esta fuente, el deber de los padres de facilitar educación a sus hijos, por lo que podría darse el caso –no planteado hasta ahora- de que los tribunales quitasen la patria potestad a los padres que se negasen a llevar a sus hijos al colegio, aunque no niega que se pudiese aceptar la simple superación de una prueba como el graduado escolar.

Pero lo que estas personas plantean no es un rechazo a la educación, sino a la escuela como medio exclusivo para llevarla a cabo. Esta parece haber sido la tesis triunfante en Estados Unidos, donde en algunos casos los padres han optado por inscribir su casa como una escuela privada en aquellos Estados donde no les exigían para ello poseer un título de maestro, y donde los tribunales han solido fallar a favor de la libertad de elegir de los padres.

En otros Estados los someten a exámenes anuales para comprobar sus progresos, aunque ésta es una medida que no agrada a los mentores de este movimiento, especialmente si pretenden medir con los mismos parámetros usados en las escuelas. En algunos casos les exigen la presentación de planes de estudios detallados. También se dan casos de distritos que les ofrecen ayuda, como usar los materiales de sus colegios o asistir únicamente a las clases que deseen.

Elsa Haas, promotora en España del movimiento Aprender Sin Escuela, opina que “los padres tienen derecho a transmitir sus ideas a sus hijos, aunque no nos gusten, siempre que no se demuestre que los están explotando o maltratando más de lo que puede hacerlo la escuela”.

Disciplina   

Hay que preguntarse por qué el sistema escolar se pone nervioso ante el ejercicio de esta alternativa. El sociólogo Mariano Fernández Enguita responde que “si se demostrase que los niños pueden aprender lo mismo en menos tiempo, se descubriría que la verdadera función del sistema escolar es la custodia de los niños e inculcar el sentido de la disciplina”.

“Algunos estudios han demostrado que la mitad del tiempo en las aulas se dedica a mantener el orden”, añade Fernández Enguita. “A finales del siglo pasado se empezó a experimentar el sistema de enseñanza que tenemos ahora, y se demostró que no era más eficaz para transmitir conocimientos. Sin embargo, como se dice en textos de la época, es el adecuado para inculcar el sentido de la disciplina, para lo que se necesita que los niños estén mucho tiempo escolarizados”.

“La sociedad moderna, la incorporación de la mujer al trabajo, la separación de los abuelos, etcétera, hacen necesario que las escuelas se ocupen más tiempo, y a una edad más temprana, de los niños. Pero los maestros no entienden otra forma de ocupar el tiempo más que enseñando”.

“A mi me gustaría que mi hijo no fuese a la escuela, pero es imposible con el tipo de vida que tenemos”, señala Fernández Enguita, que añade que la objeción a la escuela tiene una larga tradición, sustentada por filósofos como John Locke, y resucitada por los movimientos sociales de los años sesenta. Recuerda una frase de Margaret Mead, una de las cumbres de la antropología: “Mi abuela quería que fuese una mujer educada [nota de Elsa Haas: esta es una traducción equivocada –la palabra inglesa “educated” quiere decir “culta” o “instruida”-], por eso no me llevó al colegio”.  

 

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