| Aprender Sin Escuela Recursos mundiales para la "desescolarización voluntaria" o "educación en casa" |
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02.11.16 | |
Bienvenid@ a nuestro mundilloElsa HaasUn clásico estudio gubernamental de las escuelas públicas de EE UU (A Nation At Risk, 1983) concluyó que “si un país enemigo hubiera intentado imponer a América el mediocre rendimiento académico que hoy día existe, lo habríamos considerado una acción de guerra.” Estoy de acuerdo en esto (aunque por distintas razones, y aunque la metáfora militarista no me agrada mucho). Sin embargo, éstas son algunas de las recomendaciones que se dieron al final del informe: más asignaturas “difíciles”, más horas y días de clase, más exámenes, más requisitos de todo tipo. Si no funciona lo que tenemos, ¿se solucionará el problema poniendo más de lo mismo? Sé que sería imposible comunicarme con los autores del informe si los tuviese delante – tenemos unas ideas tan distintas que no habría manera-. Es como si fuéramos de distintos planetas. John Holt ha escrito en alguno de sus libros que cuando los adolescentes terminan la escuela secundaria, o dejan los estudios, es como si se bajaran a la Tierra desde la “spaceship school” (la nave espacial que es la escuela) –tan grande es la separación entre el aula y el mundo exterior y real. Varios autores han probado describir las escuelas desde la perspectiva de un extraterrestre, hablando de las extrañas costumbres e impenetrables ritos que allí se celebran. ¿Cómo enfocar este sitio Web? Los que ya conozcan el tema pueden aburrirse con algunas de las explicaciones que aquí se dan (“la socialización se lleva a cabo en la vida cotidiana”, etcétera). Por otro lado, para muchos de los “nuevos”, todo lo que yo pueda decir va a sonar a idioma extranjero. (Y si no conoces en absoluto el tema de la “educación en casa”, sería mejor dejar esta página y primero leer las Preguntas y respuestas o bien el reportaje Objetores del ‘cole’.) Un día, desde el suelo, donde juega con su camión mientras lavo los platos, mi hijo de tres años de repente me dice, emocionado (y en su lenguaje de niño pequeño, que no voy a intentar reproducir aquí): “Mamá, están hablando de la temperatura.” Tardo un instante en darme cuenta de que se refiere a la radio. Prosigue: “Tienen un termómetro como nosotros. ¿Qué número hace?” Cuando termino con los platos, salimos afuera y miramos el termómetro digital colocado al lado de la puerta. Aunque mi hijo ya va reconociendo algún número, no le pregunto qué pone. Me he resuelto resistir la tentación de ponerle a prueba (no importa si sospecho que sabe la respuesta o no). Creo que, de todos los métodos típicos de las escuelas, poner a prueba a los niños es el mecanismo que más daño hace a la inteligencia innata. Prefiero que sea mi hijo quien haga las preguntas. De todas formas, como no hay veinte o treinta niños más a mi cargo, tengo una buena idea de lo que sabe y lo que no, sin necesidad de preguntarle nada. El número 2 es el que con más frecuencia demuestra conocer, porque en esta zona de la ciudad de Nueva York los pocos edificios con ascensor tienen sólo dos plantas. Le gusta apretar el botón, y ya no me pregunta más qué es lo que pone. Me lo dice emocionado. Mirando al termómetro, me limito a leerle la temperatura de 52 grados (Fahrenheit). ¿Habrá notado el “2” al lado del “5”? ¿Habrá avanzado en su entendimiento de nuestro sistema numérico? No lo sé –es asunto suyo-. Me dice: “Cincuenta y dos, ¿es frío?” Le digo: “Bueno, no sé. ¿Tienes frío? No hace tanto frío como ayer, pero hace más que en los últimos días. Todo es relativo.” Le comento que deberíamos también comprar un termómetro del otro tipo, como tienen los médicos, y nos vamos a hacer una visita a nuestros vecinos. La madre me ha preguntado en varias ocasiones: “¿Ya has comenzado con la educación en casa?”. Cada vez le he explicado de nuevo, “No es que vayamos a darle clases, estamos haciendo lo que haríamos con él incluso si fuera al colegio. Le contestamos sus preguntas si sabemos las respuestas, y le leemos cuentos cuando él quiere. Lo único es que seguiremos así, en lugar de tener que ayudarle con sus deberes. Pero ya hemos comenzado la educación en casa. Comenzamos cuando nació, se llama la vida.” Cada vez que le he dado esta explicación, mi vecina ha asentido con la cabeza como si me entendiera. Ha sido sólo cuando escuchaba de nuevo la misma pregunta suya que he sabido que para ella, es como si yo hablara otro idioma. Cuando llegamos a la casa de esta misma familia después de lo del termómetro, la madre está ayudando a su hijo de seis años a hacer sus deberes. Ella me enseña una ficha de trabajo que se supone que es para enseñar a los niños a restar. Hay seis u ocho problemas, y para cada uno hay un dibujo de manzanas, peras, algo que se parece a una magdalena pero que no se ve muy bien, etcétera. El niño ya ha resuelto el primer problema: “10 - 3 = 7”. La madre me dice: “Pero, ¡mira qué absurdo! En la ficha muestran las manzanas que hay que restar, ¡ya tachadas!” Lo miro, y es verdad. No solamente el primer problema, que podría servir de ejemplo, sino todos los problemas, vienen con las frutas o lo que sea ya tachadas, así que lo único que tiene que hacer el niño es contar los objetos sin tachadura. Una vez captado este truco, no hace falta ni leer el problema. Bueno. Si, como mi vecina, encuentro absurdas las tachaduras preimpresas, ¿qué haría yo con aquella maldita ficha? ¿Deberíamos preguntarle al niño cómo ha llegado a la respuesta correcta? Si él nos dice que ha sido contando las manzanas que no llevan tachadura, ¿entonces le decimos que haciéndolo así “no aprenderá nada”? ¿Le decimos que lo que tiene que hacer, para aprender a restar de verdad, es contar todas las manzanas; luego las manzanas que están tachadas; y finalmente las que están sin tachar? De entrada el colegio coloca a los mayores en un papel un tanto surrealista. Hace años, le hubiera sugerido a esta madre que sería mejor cubrir los dibujitos de la frutita, y hacer que el niño resolviera los problemas sin ayuda de ellos, si fuera necesario haciendo sus propios dibujos y tachaduras en una hoja aparte. Cuando él ya demostrara que supiera hacerlo por su cuenta, se le podría dejar contar solamente las frutas sin tachadura. Sabría la manera de hacerlo “de verdad”, y sabría el truco para rellenar la ficha con rapidez. Así tu hijo tendrá lo mejor de dos mundos, le hubiera dicho a la madre yo (después de opinar que quejarse al colegio acerca de aquella ficha probablemente serviría de poco). Esta estrategia, tal vez ayudaría al niño sobrevivir su pasaje por la nave espacial que es la escuela, sin que tuviera que fingir que esté aprendiendo algo más valioso que trucos y ritos impenetrables. Queda evidente que la ficha en cuestión tiene poco que ver con enseñar a los niños a restar. Es el resultado de la exigencia del colegio de encontrar numerosas cosas que puedan hacer buen número de los treinta niños de seis años (todos de distintas habilidades), sin tener que pedirle a la profesora mucha ayuda -y que también a los padres parezcan “educacionales”. Hoy, sin embargo, yo de buenas ganas tiraría la ficha a la basura y sacaría al niño del colegio. Así tendría él más tiempo para ir de paseo conmigo y con mi hijo -así como para admirar nuestro termómetro. Que sean los niños quienes hagan las preguntas. Cuando mi hijo era muy pequeño, me preocupaba un poco la idea de que, en esta vida moderna que llevamos, los niños no tienen apenas oportunidad de contar objetos reales numerosos, como hubieran hecho, por ejemplo, en el siglo pasado si pasasen el día ayudando a sus padres en una tienda rural. Pensaba en los botones, los clavos de hierro, las agujas –todos muy apreciados y muy cuidadosamente contados en aquella época-. John Holt ha escrito en algún libro sobre el problema de la falta de experiencia con objetos concretos. Ahora, en nuestros tiempos de abundancia (por lo menos en esta parte del mundo), ¿cómo podría mi hijo aprender a contar? (más allá de los pocos escalones de nuestra casa, que contábamos como un juego, subiendo o bajando). Como mi hijo todavía no había llegado a la edad de poseer cantidades de fichas para juegos de mesa, ni tampoco la de comerse cantidades de caramelos, le compré unos cubitos y unas barras de madera del sistema Cuisenaire (con sus libritos del sistema Miquon). Son pensados para que los niños vayan aprendiendo el valor relativo de los números. Los cubitos miden de un centímetro cúbico y luego hay barras, cada una de un centímetro más de largo, hasta la de diez. Cada pieza de distinto tamaño es también de un color distinto. No llevan números escritos, para que la primera experiencia sea con la cantidad en si y no con el nombre que se le ha dado. Compré, de hecho, cuatro o cinco juegos completos de estas piezas, para tenerlas en cantidad. Los cubitos servirían de entrada para contar, y luego las barras para unas ideas más “avanzadas” (de que dos cubitos blancos equivalen a una barra roja, y una barra roja más un cubito equivalen a una verde, etcétera). Pensaba dejar que mi hijo jugara con las piezas, sin presiones. Pero la aspiradora se atragantó con algunos de los cubitos, y temía que me hijo se atragantara con los demás, así que acabé metiendo a las piezas pequeñas en un cajón, y las más grandes se iban perdiendo por todos los rincones de casa. Tiempo después, me diagnosticaron con cáncer. Puedo decir definitivamente que la primera vez que mi hijo demostrara saber a ciencia cierta la diferencia entre el tres y el cuatro fue cuando me “ayudaba” a empaquetar las numerosas pastillas que tomo como parte de una dieta especial. Los niños aprenden de lo que existe en su entorno, por bueno o malo que sea. No podrías obligarles a dejar de aprender aunque quisieras. Pero si se aparta a los niños y jóvenes del mundo real, sí se puede conseguir que aprendan cosas inútiles. La madre de una joven con síndrome de Down escribió una vez a la revista Growing Without Schooling (de la cual se han traducido algunos de los artículos que aparecen aquí) acerca del momento en que decidió sacar a su hija del colegio. A la madre le parecía evidente que el practicar hacer cambio con unos billetes y monedas de cartón no ayudaba nada a su hija en una tienda de verdad. Cuando la madre sugirió a los profesores que los alumnos practicasen con dinero de verdad, le dijeron: “Imposible.” Bueno, las cosas que en el aula parecen imposibles, en la vida cotidiana son de lo más fácil. En Objetores del ‘cole’, el reportaje que salió en 1991 en El País, el periodista señala que algunos críticos de la educación en casa advierten del peligro de que “padres bienintencionados pero mal preparados dañarían irremediablemente la formación de sus hijos”. Mi vecina me ha dicho que no podría enseñar a su hijo en casa en parte por no saber “nada” de matemáticas. (“Esta es de mi nivel”, me dijo medio en broma, señalando las ficha de las manzanas y peras.) Si educara a su hijo en casa, ¿le haría daño? Creo que no más de lo que haya dañado a los alumnos que han pasado por sus clases de idiomas –porque ella, antes de ser madre, fue profesora de secundaria-. Si sus alumnos sufrieron daños, no ha sido por cualquier falta de conocimientos que ella demostrara, sino porque empleaba los mismos métodos de las escuelas. Además, creo que si ella tuviera a su hijo en casa y fuera intentando enseñarle las cosas de la misma forma que le han enseñado en las clases de magisterio, entonces de la cara resignada o ansiosa del niño, de sus hombros caídos o de sus eventuales gritos de frustración, ella finalmente aprendería otra formar de ayudarle a buscar el sentido al mundo. Porque no dejamos de aprender, ni después de largos años de “formación” en las escuelas. Y los mayores, como los niños, aprenden mejor de unas relaciones individuales y auténticas. ¿Hablamos tú y yo el mismo idioma?
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